Después de años trabajando como periodista y mandando tus newsletters semanales, ¿en qué momento exacto surge la oportunidad de escribir un libro sobre el esmorzaret?
Las cosas, a veces, son más sencillas de lo que parecen. Mi editora, Paloma Abad, me contactó en primavera de 2025 para proponerme el proyecto. Aunque el tema me despertó dudas, porque creía que no era mi campo, no lo dudé ni un segundo. Me apetecía muchísimo trabajar con ella. “Edita los libros que cambiarán la vida”. Así la definió Vogue. Y yo la seguía muchísimo, porque me parece que está haciendo un trabajazo con los ensayos de Endebate y con su newsletter de belleza. Hubiera escrito de cualquier cosa que Paloma me hubiera propuesto, porque yo lo que quería era trabajar con ella. En un primer momento de sinceridad le expuse mis dudas. “No almuerzo, van a decir que soy una impostora, es un mundo muy masculinizado…” Pero ella me quitó los remilgos muy rápido. Sabes contarlo y conoces el mundo del almuerzo porque vives en Valencia, me vino a decir. Así que le dije que sí y un par de semanas después ya estaba escribiendo el libro. Así que doble premio: trabajar con Paloma y tener un libro.
Para quien no sea de la terreta y no esté tan familiarizado con este término, ¿cómo definirías el esmorzaret?
Se suele definir como una liturgia, una ceremonia, la mejor comida del día, la tradición valenciana por excelencia… Pero yo prefiero verlo como un paisaje de la escena social valenciana que sale cada mañana, como el Sol. Una costumbre ligada a un evento social como excusa para reunirse fuera de los lugares habituales y llevar la conversación a un bar de los de siempre. Y ahí, en una mesa de un local ruidoso, se comparten olivas, cacahuetes y encurtidos, se comen bocadillos y se bebe algo fresco antes de rematar con un café. Nada tiene que ver ya con su origen, ligado a los trabajos agrícolas en la huerta. Ahora el almuerzo es un acto social generalizado que sirve de pausa a media mañana y mezcla rito, amistad y territorio, con precios populares.
Con la cantidad de templos del almuerzo que hay en Valencia, ¿qué criterios seguiste para decidir qué contar y qué no en el libro?
Tenía claro que no quería hacer una guía de locales ni de bocadillos de moda. Porque todo eso tiene una fecha de caducidad muy corta y tiene más sentido hacerlo online. Y por el tipo de edición (muy cuidada e ilustrada) que tiene la colección de Mesa y mantel, quería que el libro estuviera en las estanterías a perpetuidad. Que nunca caducara. Así que hice una selección de bocadillos y platos clásicos, los que más se repiten en las cartas de bares tradicionales y actuales. Añadí los de los locales con más solera almorzadora, que han creado bocatas propios muy reconocibles. Y me permití la licencia de añadir algunos que no están en las cartas pero que yo hago en mi casa y que suponen mi visión de hacia dónde me gustaría que fuera esta tradición: más inclusiva y más ligera. Ahí metí desde un sándwich a bocatas sin proteína animal o de mi infancia.
¿Cuál ha sido el mayor desafío a la hora de trasladar un tema tan sensorial (como el comer) al papel?
El principal reto estaba en que la edición del libro es nacional. Es decir, no está pensado sólo para que los valencianos y valencianas lean sobre el almuerzo. Lo está para que alguien de Cartagena o Cuenca (de donde yo soy), pueda conocer mejor esta locura de tradición e incorporar a su vida algunas de las mejores recetas de bocatas que ni conocen. Fuera de la Comunitat Valenciana casi nadie sabe qué es un chivito o una brascada. Así que decidí no dar absolutamente nada por hecho. Contarlo todo con detalle y a través de historias sencillas y cercanas. Además, el libro no tiene ni una fotografía, porque está ilustrado por Laura Alejo. Así que los lectores tampoco pueden guiarse como la imagen para abrir el apetito. Por eso, la redacción cobraba un papel todavía más importante. Y he querido hacer un ensayo periodístico e ir más allá de recetas de bocadillos. Contar sus historias, sus curiosidades, hablar de alimentación con expertos, de sociología, de historia. Y no fallar con ninguna receta, para que todo el mundo pueda hacerlas en casa, sin ingredientes de esos que luego no puedes encontrar. He buscado apelar a los recuerdos, a las historias que cada uno tiene con un bocadillo y llevarlas a los textos. Si consigo que alguien, en algún momento, se prepare un Almussafes en su casa de Granada o de Toledo, lo habré conseguido.
¿Por qué crees que hoy en día nos atrapan tanto las historias de lo local, incluso lo analógico? ¿Es el esmorzaret una forma de rebelión narrativa frente a la dictadura de lo digital y lo rápido?
Porque apelan directamente a la nostalgia. A épocas en las que creemos que fuimos más felices. Sin embargo, nunca lo vamos a ser tanto como hoy en día. Ahora tenemos a muchísimos aguafiestas vaticinando el fin de las cocinas en las casas, el adiós a la comida casera. Y frente a eso, los que le damos importancia a lo que comemos estamos defendiendo con uñas y dientes algo tan revolucionario como cocinar. Y ahí el almuerzo entra como pausa. Como receso en el scroll infinito. No es lo mismo comerse un bocata rápido que sustituya a una comida que almorzar.
Si mañana fuera el último esmorzaret de la historia, ¿cuál sería tu combinación ganadora de bocadillo, gasto y bebida?
Prefiero los encurtidos a las olivas, unos buenos cacahuetes y un bocadillo de tortilla de patata recién hecha. De beber, agua fresquita. Y sin café, que no soy muy fan. No necesito más.
¿Qué es para ti una marca valiosa y qué cualidades debe tener?
La que forme parte de mi imaginario como algo integrado en mi vida. Ahí entran en juego los sentimientos. Y pocas cosas hay más potentes que sentir cosas.